De ruidos raros….(cont.)
Fue una llamada lo que me puso en ese cuarto. El aviso fue hecho muy temprano esa mañana. Él había preguntando por mí como quien pregunta por vez primera respecto a algo dado por hecho. No había manera de que yo estuviera preparado para conocerlo, conocía aún muy poco de sus razones y motivos como para poder comprenderlo. Había escuchado hablar de él durante toda mi vida y quizá solo me interesaba conocerlo para descubrir quién había sido, para entender el rencor que mi padre parecía tenerle; para comprender algo del dolor y de la destrucción que había dejado a su paso. Quizá, como el muchacho que era en ese momento, solo me interesaba ver mi probable reflejo en una edad avanzada.
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Entro a ese cuarto de hospital, me dejo sorprender por el estado de su abandono y cuando pronuncia mi nombre nuevamente, volteo la cara, respiro profundo y siento cómo las palmas de mis manos comienzan a sudar. Algo que ve en mi rostro le hace preguntarme si estoy bien.
- Dicen que yo soy el enfermo
- Perdón, me acordé de algo
- ¿Algo que te gustaría contarme?
- Creo que no
- ¿Crees que no?
- No
- Podrías contarme
- No te conozco, me da pena
- Así es mejor, ¿no crees?
- Tiene que ver con Carlos
- ¿Cómo está?, me gustaría verlo
- No sé, creo que bien. Tiene meses que no lo veo
- ¿Quieres contarme?
- Está bien…,
…, hace muchos años quiso verme. Le pidió a Elena que me recogiera saliendo de la escuela de música y que me llevara a donde él estaba. Recuerdo mis latidos resonando dentro del auto. Estaba asustado, había entrado en pánico. Empecé a temblar y no pude parar durante todo el trayecto. A él lo conocía muy poco, su naturaleza me resultaba extraña, lo veía como una gran sombra. Le temía de una manera irracional, como quizá se le pueda temer a un ser superior. Elena manejaba un Ford color acero que acababa de comprar, seguramente contándome algo para tranquilizarme, sabiendo perfectamente que yo estaba asustado pero no queriendo hablar de mi miedo, como si al evitar nombrarlo éste pudiera desaparecer. Recuerdo calles por las cuales nunca había andado, calles recorridas en un instante hasta llegar a un gran portón verde que, con un control remoto, ella abrió desde el coche. Al abrirse las puertas vi un enorme jardín cubierto por la maleza. Ramas y hojas secas crujieron bajo nuestros pasos. Un olor dulzón a fruta podrida me llegó al entrar. Recuerdo esa tarde nublada y me veo llevando el estuche del violín como una carga pesada, una cruz que por mi edad no me correspondía cargar. Veo a Elena abrir la puerta principal de la casa y siento una corriente de aire caliente golpeándome el rostro. Entramos a una sala muy amplia donde hay un piano de cola negro frente a una chimenea encendida. El cuarto es muy obscuro y cuando empiezo a acostumbrarme a la escasa luz, escucho −desde un lugar que parece lejano− su voz. Una voz como trueno rasgando el silencio, destruyendo. “Elena”, es lo único que dice pero esa simple palabra es suficiente para asustarme aún más.
Ella va con él mientras yo me quedo donde estoy por lo que parece una eternidad. Al alejarse ella me mira de reojo como si yo fuera un extraño.
Un rato después los veo venir sin decirse nada, como un par de desconocidos caminando uno junto al otro. Él se sienta en un sillón y ella en uno de los sofás, lejos de él, a mis espaldas. A partir de ese momento la presencia de mi padre es lo único existente. Me dice que saque el violín del estuche, abra el cuaderno de partituras y toque algo, lo que sea. Yo me quedo inmóvil mientras Elena me pide que haga lo que él dijo. Entonces, con toda la lentitud del mundo, pongo el estuche en el suelo, quito los seguros, le pongo el cojinete al violín, al arco brea, abro el cuaderno en una página cualquiera y me pongo en posición. Cada acto lo hago como lo he hecho miles de veces pero ahora como en un mal sueño, quedándome paralizado hasta que él me dice que empiece a tocar. Volteo a verlo y tan sólo veo su silueta recortada contra la luz que entra por una de las ventanas. No distingo ningún rasgo de su cara, tan sólo está su sombra de donde sale su voz profunda y sin emoción alguna. De nueva cuenta empiezo a temblar y quiero decir que nunca quise estudiar violín, que hubiera preferido ir a clases de karate pero mi cuerpo no responde. Intento recordar cada clase que he tomado en los últimos tres años pero, por el miedo, tengo la mente en blanco. Él, con el mismo tono de voz, sin compasión alguna, me repite que toque. De pronto, sin darme cuenta, tengo lágrimas bajando por mis mejillas y me siento completamente abandonado a mi suerte. No hay nada que me pueda servir de apoyo, su presencia es tan grande que elimina la de Elena, como si lo único que hubiera en el mundo fuera ese cuarto, el violín, él y yo. Empiezo a sentir las piernas calientes y lo único que puedo hacer es bajar la cabeza y quedarme callado. Permanezco así mientras entre mis sentimientos de incapacidad, vergüenza, miedo y enojo, escucho como él le dice a Elena que ha tirado su dinero a la basura mandándome a esa escuela, que debería sacarme, que no tengo ni idea de lo que es la música o el instrumento y que cómo es posible que después de tantos años tomando clases no sepa nada.
Recuerdo la sensación de haber defraudado a Elena, recuerdo mis lágrimas, lágrimas de impotencia, lágrimas que hablaban de mi debilidad, lágrimas que a los nueve años me supieron tan amargas como el peor de los fracasos.
De ruidos raros…(frgmt)
Lo veo sentado en un viejo y desvencijado sillón de piel sintética color marrón. El cuarto está en penumbras. La poca luz que hay, entra por las rendijas de una persiana. El aire está viciado. Una mezcla de sudor rancio y orina parecen impregnar cada rincón. Hay un calor sofocante ahí dentro. Nunca antes lo había visto salvo en algunas fotos donde, según Helena, se veía muy bien. Me dice que pase y cierre la puerta. Cuando lo hago le da una bocanada a su cigarro, saca de atrás del sillón un vaso con un poco de refresco y antes de decirme algo más, me manda a traerle una bolsa de plástico obscuro que tiene guardada debajo de su colchón. Voy por ella y la pongo sobre la mesa que está frente a él. Ahí mete una botella de ron vacía −escondida detrás del cesto de basura− y un puñado de colillas que al parecer fue guardando en una caja de medicamento. Sorpresivamente aparece una nueva botella de ron, la destapa, se sirve medio vaso y de detrás de su cabecera saca una botella de Coca tibia con la que termina de llenar el vaso. Me pide que le hable al chofer, quien está afuera, y le diga que por favor le traiga una botella más de ron, otra de coca y dos cajetillas de Raleigh. Cuando regreso al cuarto, después de haberlo hecho, lo veo yendo hacia el baño. Ya no es tan alto como se suponía que era, su espalda encorvada es la de alguien mucho mayor, su rostro ha cambiado hasta desfigurarse, hasta destruirse entre los pliegues y las marcas de su piel; su ceño fruncido, lo ancho de su nariz, su bigote mal recortado y el pelo despeinado −del color de las cenizas que ha dejado caer sobre la alfombra− lo han vuelto irreconocible. Lo veo y me resulta imposible encontrar alguna relación con lo que se supone alguna vez fue. Lo veo y me encuentro tan sólo con un hombre acabado quien al acercarse a darme un abrazo pierde toda la dignidad pidiéndome que le amarre la bata, mientras jalando su suero, enciende otro cigarro y se dirige con pasos cansados hacia el sillón. Lleva dos semanas internado en la torre de especialidades del Centro Médico para algunos estudios y una operación de la próstata. Padece del corazón y tiene diabetes.
− Y bien Juan, ¿qué opinas de tu abuelo? −me pregunta mientras me esfuerzo en encontrar qué decirle.
Cocheras y estacionamientos
Una van o un motor home o un RV , siendo más cómodos, contaminarian más al gastar más combustible lo cual resultaria por completo irrelevante si no implicara también un mayor gasto de dinero. Objetos utilitarios que al final terminarían siendo sedentarios.
Una moto, una motoneta, serían un ahorro imposible de entender con equipaje.
La vida es más llevadera con un automovil que poder estacionar en la comodidad de un garage.
Cuales palabras? (frgmt)
Tal vez miento o tal vez no, lo que tengo me ha llegado sin pedirlo, casi sin esfuerzo, de una manera natural, casi como un regalo, no he luchado más que nadie ni con más ahínco ni con más pasión, he flotado por un mar de conformismo que podría pasar, bajo la luz adecuada, como navegación en aguas turbias. ¿Cuáles son las metas?, ¿cuáles los objetivos? ¿Qué me incapacita, qué me detiene? ¿Qué me obliga a permanecer inmóvil, detenido, estático? Manojo de palabras, ramillete de sonidos, magia saliendo del sombrero, el prestidigitador, el alquimista que convierte el oro en mierda y la mierda en una especie de oro falso con un brillo seductor. Sólo sé hablar, sólo sé escribir, sólo sé soñar, no sé hacer nada más, no sé sumar ni multiplicar, no sé nada de obediencia ni de disciplina ni de puntualidad ni de compromiso, soy inconstante y me aburro fácilmente, muchas cosas me causan una fatiga infinita, no consigo enfocarme en algo, soy disperso y muy pocas cosas me interesan como para continuar haciéndolas. Vivo en una especie de sopor, soy una botella vacía flotando en el mar, la corriente me lleva, cambia mi rumbo, me desplaza con voluntad propia mientras yo no hago nada más que seguir siendo lo que soy y lo que siempre he sido. Me conformo con muy poco, no tengo ambiciones, no quiero realmente nada que no tenga ya, me gusta la comodidad de la mediocridad, le temo a la responsabilidad, me asusta no saber algunas cosas que me podrían hacer equivocarme pero me angustia más que la gente lo sepa. No soy ni la mitad de fuerte de lo que quienes no me conocen bien creen. Dudo constantemente de quién soy y de lo que soy capaz, alardeo de cosas que no poseo, miento y manipulo para aparentar algo que no soy.
Diagnóstico del hombre (frgmto)
Aquí no pasa nada y todo está bien. Aquí hay agua, luz y todavía algo de gas en uno de los tanques. Aquí no hay mucho de comer pero hay un refrigerador, una cama, una televisión a punto de descomponerse y un sillón que de noche se hace cama y que es tan incómodo que sólo muy cansado puedo dormir en él. Aquí hay una computadora vieja con las teclas sucias que tiene cargadas tres mil quinientas canciones. Aquí nunca pasa nada pero podemos tomar cerveza directo de la botella y todos los días antes de entrar nos aprovisionamos con dos caguamas para cada quien y una bolsa de papas Sabritas. Aquí no se puede fumar pero estando aquí a veces no es necesario. Aquí estamos bien, es afuera donde nada marcha como debería, es afuera donde mi mundo entero se está cayendo a pedazos, algunas partes pausadamente y en otras de un solo putazo.
Todo lo hago historia, cada palabra que escucho y cada gesto que veo son usados para recrear personajes y situaciones. Actuo cada momento, uso a las personas, las manipulo para que hagan lo que quiero que hagan, les provoco reacciones, los manejo como títeres para mi propio beneficio, los hago interpretar pequeñas obras para mi propio entretenimiento, eso fue lo que alguien dijo alguna vez de mi y quiza hoy tenga razón.
Gatillo de la memoria (fragmento)
¿Qué es lo que jala el gatillo de la memoria, un sonido, un aroma, la forma en la cual entra la luz por una ventana o ese algo desconocido que hace del pasado la parte más importante del presente, como si todo lo ya hecho nos definiera en cada momento como personas?
Siempre hay recuerdos que tratamos de olvidar aunque en ello se nos vaya la vida, pequeños detalles o grandes eventos que a pesar de habernos marcado es mejor dejar sepultados bajo toneladas de sucesos triviales e intrascendentes hasta que emergen para confrontarnos.
Tenía mucho tiempo creyendo haber olvidado, deseando haberlo hecho, pero la memoria es el arma más poderosa del ayer, la que nos hace no poder dejar de odiar o de amar o de, a fin de cuentas, sentir. Resulta sorprendente la forma en la cual nos engañamos a nosotros mismos y las extrañas maneras que tenemos para ocultarnos aquello que más podría lastimarnos. Tendemos a crear la verdad, a manipularla a nuestro antojo hasta satisfacer nuestras expectativas. Nuestra memoria es selectiva, recordamos lo que queremos y como queremos recordarlo, nada es totalmente verdad salvo las verdades contundentes.
Home
Ayer dormí en el suelo de una oficina. Tomé unas playeras prestadas, llevé uno de los calentadores de invierno y puse un playlist de canciones viejas. Mi comida del día fueron unos burritos y una coca en lata. Cuando desperté me sentí descansado, trabajé un par de horas y me di cuenta de que a fin de cuentas cualquier lugar en el cual puedas dormir sin que sientas que molestas a alguien puede convertirse en un lugar de descanso.
Madera vieja
Después de quince años regreso al mismo lugar para dormir en el mismo sillón donde alguna vez celebramos ocasiones especiales. La misma casa con una apariencia diferente porque en todo ese tiempo no se le ha dado mantenimiento alguno. Las paredes de la sala están ahumadas por tres veladoras que tienen que estar siempre encendidas. Los sillones revelan su interior a través de sus telas rasgadas. Una espesa capa de polvo cubre cada uno de los objetos que a manera de adorno están colocados en los muebles del comedor. El piso de los pasillos se ha levantado, la madera vieja y maltratada tiene algunas partes quemadas por cera que ha caído al mover las veladoras. Donde debiera haber silencio, se escucha el motor de un viejo refrigerador, un sonido que podrían ser los resuellos de un animal enfermo.
El equilibrio… (fragmento)
Antes de romperse y arrojar astillas por el aire, los vidrios se estrellan. Casi al mismo tiempo, los ladrillos se desmoronan como si hubiesen sido hechos de arena de mar. La madera, quizá de bancas, sillas y pizarrones, cruje lastimeramente. El ruido comienza momentos después, tenue al principio hasta convertirse en algo ensordecedor. Sentado en el asiento trasero de un auto, a través de un nuevo par de lentes, veo con mis ojos de niño las paredes de mi escuela colapsarse. El suceso es irreal e incomprensible, el edificio entero se deshace mientras trato de explicarme lo que está pasando. Antes de que una espesa capa de polvo lo cubra todo, de que los gritos histéricos de señoras gritando en vano el nombre de sus hijos comience, recuerdo pedazos de papel flotando hacia mi ventana. Por un instante me siento parte de un desfile con tantos colores cayendo hacia donde estoy.
Trance del ciudadano modelo
Te descubres en un trance. Alguien molió un comprimido en tu botella de agua, la misma botella de la cual te atragantas y que nunca parece acabarse. Te encuentras bailando a la mitad de una pista por quince minutos sin final. Las luces te distraen de ti mismo. La música entra por los poros de tu nariz y te mueves sobre un metro cuadrado que ha perdido su dimensión. Podrías continuar moviéndote hasta desgastarte gradualmente. Estás en trance, no hay tiempo para pensar, no hay tiempo para nada que no sea seguir moviéndote de la misma manera en la cual lo has hecho por los últimos días. Quieres aceptar la posibilidad de que tus sensaciones sean dañinas pero esforzándote, lo evitas. Y eso que sientes te hace pensar en pedir tarjetas de crédito y en hacer compras a meses sin intereses; comprar el auto más veloz y la computadora con el procesador más rápido; comer comida diseñada para no subir de peso, baja en calorías y baja en carbohidratos, que te haga vivir por más tiempo. Quieres endeudarte, ver comerciales que te obliguen a comprar objetos que necesiten complementos para ser más complejos. Deseas comprar para ser más importante que el otro, más rápido, más inteligente, más fuerte, mejor parecido; comprar todas aquellas cosas que provocarían envidia: la casa más grande, la mujer más hermosa, los hijos mejor portados. Tu trance, cortesía de una pastilla, es simulado, un mero simulacro de aquello que serias si creyeras en realidad que lo más caro te da felicidad, que mas trabajo te da más dinero, que conocer a más personas te da más posibilidades de ser alguien. Sin un químico nunca serás el ciudadano modelo.