10. Ausencia (fragmento)
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La imagen del padre ausente es infinitamente más grande que el padre de carne y hueso. El padre que no está se puede convertir en un gigante, alguien a quien se puede temer o adorar. Es la gran sombra, un ser más grande que la vida. No sé si quiero a un padre ahora que ya no lo necesito. Me sirve más no estando. Lo puedo utilizar mejor si no está. Sin él puedo hablar del dolor, de la angustia, de lo que su ausencia me provoca. Mi persona/personaje está más completa sin él. Su ausencia justifica mis temores, mis neurosis, mis problemas para relacionarme. Su presencia me cambia los esquemas, me hace normal, común y corriente. No teniéndolo puedo pretender que soy hijo de alguien más. Teniéndolo cerca las ilusiones se terminan. No es lo mismo vivir rodeado del misterio a ser conocido, descubierto, entendido. Ser hijo de nadie es más interesante que ser hijo de alguien en particular. ¿Dónde queda lo oculto? Si me revela, me devalúa. El que pudiésemos hablar aniquilaría mis demonios. No es tan grande ni tan malo ni tan rudo ni tan inteligente como el padre que quise que fuera. No es más culpable que un niño travieso, que un adolescente equivocado. Su único error fue no madurar. Es pequeño y le falta crecer. Mi vida familiar solía ser mucho más interesante con esa foto recortada en donde él no salía. No quiero tener ninguna foto a su lado.
Tainan
Un niño camina de la mano de su papá por una calle muy concurrida en una mañana soleada. Desde la separación de sus padres es la primera vez, en semanas, que están juntos. Como es su cumpleaños , se vieron temprano, desayunaron juntos y ahora caminan tomados de la mano saboreando un helado. Recorren las tiendas viendo escaparates en búsqueda de un regalo. El niño aún no se decide entre un chachoro o una nueva pecera. De repente, a lo lejos, escuchan una patrulla. Al pasar frente a ellos se dan cuenta que está escoltando al cadáver de una enorme ballena montado en una plataforma. Es un animal gigantesco, diecisiete metros de longitud y varias toneladas de peso. El papá sólo puede decir: “mira eso, una ballena”. Sorprendidos la ven alejarse poco a poco hasta que de repente, de manera inesperada, escuchan un ruido extraño que viene del animal. Lo siguiente que saben es que un líquido sanguinolento y con olor putrefacto los ha bañado. Pedazos de carne escurren por sus ropas. El papá vomita al darse cuenta de que pedazos de vísceras cubren la cara de su hijo. El niño comienza a llorar.
Tainan, la ciudad, pronto olvidará la explosión de la ballena, el niño nunca podrá hacerlo y cada cumpleaños invariablemente pensará en el vómito de su padre ensuciando sus zapatos nuevos. Nunca más podrá reencontrar el deseo por esa pecera que tan sólo pudo ver en sus sueños y el perro -regalo final de cumpleaños- no lo hará realmente feliz.
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