2. Punto de partida
El punto de partida siempre es un viaje, la distancia física y emocional entre la vida diaria y lo desconocido. Trenes, camiones, aviones. Un fundido en negro entre dos escenas. Los viajes se convierten en una evasión de la vida real, un alejamiento, una pausa necesaria para mantener la cordura, para pretender que todo tiene sentido, que existe cierta congruencia. Uno no cambia, cambian las circunstancias, los tiempos, se modifican las posibilidades, lo que aún puede ser diferente de lo que ya no hay manera de cambiar.
Los faros de un camión recortan la silueta de una silla en el muro que él mira. Acaba de comer una hamburguesa después de haber caminado cinco kilómetros. Aún no tiene un destino porque no tiene ningún objetivo por alcanzar. Parece que no tiene control sobre lo que le resta por hacer. Para este momento sólo tiene claro que tendrá que regresar exactamente por el camino donde llego o quizá encontrar un camino mas seguro aunque sea mucho más largo. Está cansado, le duelen los muslos, las pantorrillas y las plantas de los pies. Tiene ampollas que sería mejor reventar para evitarse la incomodidad. Nuevamente se encuentra lejos de todo lo que conoce como su vida, nuevamente con su palabra en entredicho, otra vez más, siendo cuestionado por hechos que ha olvidado o que sólo recordaría como el recuerdo de alguien más. Como un animal domesticado, en cautiverio, ha perdido la práctica, ha olvidado como cazar y aún así será inculpado por esa presa no cobrada. ¿La habría llevado en realidad a algún lugar para coger con ella, habría sido capaz de usarla?
Pieza a pieza tendrá que irse reconstruyendo, paso a paso, como si tuviera el tiempo necesario para hacerlo.
Tainan
Un niño camina de la mano de su papá por una calle muy concurrida en una mañana soleada. Desde la separación de sus padres es la primera vez, en semanas, que están juntos. Como es su cumpleaños , se vieron temprano, desayunaron juntos y ahora caminan tomados de la mano saboreando un helado. Recorren las tiendas viendo escaparates en búsqueda de un regalo. El niño aún no se decide entre un chachoro o una nueva pecera. De repente, a lo lejos, escuchan una patrulla. Al pasar frente a ellos se dan cuenta que está escoltando al cadáver de una enorme ballena montado en una plataforma. Es un animal gigantesco, diecisiete metros de longitud y varias toneladas de peso. El papá sólo puede decir: “mira eso, una ballena”. Sorprendidos la ven alejarse poco a poco hasta que de repente, de manera inesperada, escuchan un ruido extraño que viene del animal. Lo siguiente que saben es que un líquido sanguinolento y con olor putrefacto los ha bañado. Pedazos de carne escurren por sus ropas. El papá vomita al darse cuenta de que pedazos de vísceras cubren la cara de su hijo. El niño comienza a llorar.
Tainan, la ciudad, pronto olvidará la explosión de la ballena, el niño nunca podrá hacerlo y cada cumpleaños invariablemente pensará en el vómito de su padre ensuciando sus zapatos nuevos. Nunca más podrá reencontrar el deseo por esa pecera que tan sólo pudo ver en sus sueños y el perro -regalo final de cumpleaños- no lo hará realmente feliz.
Favores ajenos
El dia en que cerraron los accesos a la ciudad pasamos cinco horas juntos platicando de favores ajenos. En el camino vimos a personas con cubre bocas y le dije que yo creía que nada estaba pasando más que el temor de la gente a morir, el miedo potenciado por las decenas de programas y los cientos de noticias. Ella me creyó o tal vez pensó en todo eso como un juego, un rumor esparcido de la misma manera en la cual el virus se apoderaba gradualmente de la ciudad que recorriamos en un automovil sucio y con poca gasolina para entregar un proyector con el foco quemado después de tanto viajar.
Cuando llegamos a la casa le preparé capellini con crema y tocino. Cenamos en silencio sin saber que al día siguiente el toque de queda nos impediría volver a salir, recorrer de nuevo esas calles donde nos perdimos, donde por cinco horas pudimos platicar ella y yo acerca de los favores ajenos.